Desidia

Desidia es un término un tanto vago. Incluso, es muy posible que si esta palabra no se nos presenta en un contexto determinado ni siquiera entendamos su significado. Para empezar a definir este sentimiento, que más que eso es un desconsuelo, me voy a fijar en la definición académica del diccionario.

Desidia. (Del lat. desidĭa). Negligencia, inercia ||

De entrada, y como ya esperaba, esta definición no aclara mucho sobre el término. Sin embargo es posible enhebrar ambas palabras que componen la explicación para resolver el enigma de su significado. Podemos ser negligentes en nuestra vida hasta el punto en el que caemos en una espiral de holgazanería tal que se convierte en desidia.

Cuando sentimos desidia quiere decir que dejamos un trabajo incompleto, que no nos motiva nuestro entorno, que nos es indiferente lo que ocurre. Abandonamos cualquier tipo de entusiasmo y cuando la ilusión se acaba nos volvemos apáticos, flojos, gandules.

Por supuesto, nadie puede juzgar si su compadre siente desidia. Es algo que sólo uno mismo consigue descifrar. Es el cúmulo de experiencias abrumadoras, de actividades desinteresadas o descuidadas lo que nos catapulta a una existencia oscura en la que no existe ni la ilusión ni el impulso para crear, conocer, aprender, en definitiva, vivir.

Los sentimientos van en muchas direcciones. En un mismo momento se pueden sentir flechas que cruzan el cuerpo de arriba a abajo, de un lado a otro o incluso que nos rodean. Y cada una de estas flechas es de un color y una temperatura diferentes. Léase color y temperatura como sentimiento. En definitiva, podemos sentir al mismo tiempo una mezcla se sensaciones contrapuestas. Es como caminar constantemente bajo una sombrilla de emociones de la que penden hilos más o menos intensos, más o menos perceptibles.

Lo que pasa con la desidia es que se mezcla con todos los demás y en un momento dado los envuelve como una tela de araña, los atrapa y los viste de azul oscuro dejando en el cuerpo una sensación amarga. No es tristeza, no es rabia, es una amargura leve pero constante. A veces no es fácilmente reconocible pero taladra las entrañas y produce un sopor interno. Este estado provoca dejadez con uno mismo y con nuestra vida diaria. Provoca pereza. Desafía nuestras mayores ilusiones y las ciega, haciéndolas desaparecer casi por completo. Provoca que no nos estremezcamos ante nada, que nuestra curiosidad se calme hasta el punto de conformarnos con una existencia plana y vacía de contenido.

Este sentimiento puede ser temporal y pasajero. Entonces, lo más posible es que fuera provocado por una decepción puntual. Tal vez cuando acabe el día y descansemos nuestras frustraciones, la desidia desaparezca.

Sin embargo hay situaciones en las que la desidia se instala como un parásito al lado del alma, si es que esta existe, donde quiera que esté. Es entonces cuando puede ser un sentimiento depresivo, más difícil de curar porque sus raíces son más profundas y provocadas por situaciones insólitas.

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Acerca de Carmen Lozano Bright

Carmen Lozano Bright. Periodista e investigadora. Trabajo en goteo.org
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