2017

Hace unas semanas conocí a 2017. Yo sabía que tenía que preguntar por ella, por 2017, sin más datos. Bueno, sí. Sabía que era de Argentina. Muy poco más. Le llevé un paquete de Winston y un tinte para el pelo de color castaño muy oscuro. “¡Es que mis hermanas no me ven hace tanto tiempo y cómo voy a aparecer con esta pinta! ¡Gracias, gracias!”, me dijo.

Voy en tren hasta la estación de Aluche. Camino por la acera izquierda de la Avenida de los Poblados, donde los coches pasan veloces. No parece que nadie repare en lo que hay detrás de esa verja. Justo antes de llegar hay una valla enorme de letras blancas sobre fondo rojo que dice ‘Reconcíliate con DIOS ¡¡Llámanos!!’. Y un teléfono móvil.

Pocos metros más adelante está la entrada a un recinto custodiado por policías nacionales y un patio grande donde decenas de personas forman filas a pleno sol para distintos trámites. “No, aquí es para la huella…”, me dice una mujer con acento inconfundiblemente colombiano. Un policía me dice que espere bajo un toldo, que ya vendrán a tomar datos. Quince minutos, media hora, tres cuartos. Cuando me harto, subo unas escaleras y pregunto. “Perdone, ¿para visitas?” Una pareja de policías me mira como si mi duda fuese insólita. “¡Ah! Te refieres a extranjería…”, me dicen por fin y con toda normalidad me mandan otra vez a esperar debajo del toldo.

Hace unas semanas fui a conocer a 2017. Yo sabía que tenía que preguntar por ella, por 2017, sin más datos. Bueno, sí. Sabía que era de Argentina. Muy poco más. Le llevé un paquete de Winston y un tinte para el pelo de color castaño muy oscuro. “¡Es que mis hermanas no me ven hace tanto tiempo y cómo voy a aparecer con esta pinta! ¡Gracias, gracias!”, me dijo. Voy en tren hasta la estación de Aluche. Camino por la acera izquierda de la Avenida de los Poblados, donde los coches pasan veloces. No parece que nadie repare en lo que hay detrás de esa verja. Justo antes de llegar hay una valla enorme de letras blancas sobre fondo rojo que dice 'Reconcíliate con DIOS ¡¡Llámanos!!'. Y un teléfono móvil. Pocos metros más adelante está la entrada a un recinto custodiado por policías nacionales y un patio grande donde decenas de personas forman filas a pleno sol para distintos trámites. “No, aquí es para la huella...”, me dice una mujer con acento inconfundiblemente colombiano. Un policía me dice que espere bajo un toldo, que ya vendrán a tomar datos. Quince minutos, media hora, tres cuartos. Cuando me harto, subo unas escaleras y pregunto. “Perdone, ¿para visitas?” Una pareja de policías me mira como si mi duda fuese insólita. “¡Ah! Te refieres a extranjería...”, me dicen por fin y con toda normalidad me mandan otra vez a esperar debajo del toldo. Por fin viene un hombre de bigote con un bloc de notas. Somos tres esperando. Nos pregunta los números y se va. Al rato regresa a buscarnos. Lo seguimos a través del patio hasta un segundo edificio más allá. Voy con una mujer hondureña y un hombre rumano. Al pasar, un policía le dice con mucha sorna al señor del bigote “¡qué bien acompañado vas!”. Mejor me callo, pienso. En realidad, durante los 45 minutos que estuve con ella, no paró de contarme cosas. Como si por primera vez en bastante tiempo se sintiese cómoda de hablar con una persona de confianza, a pesar de que yo era una entera desconocida y la sala de visitas no era nada agradable. Hablamos con un cristal cerrado de por medio, a través de un telefonillo. A pesar de la barrera, o tal vez precisamente por eso, 2017 me hablaba mirándome fija y profundamente a los ojos. Me contaba y me contaba cosas de su vida gesticulando con el paquete de tabaco agarrado. Después de un buen rato se dio cuenta de que lo tenía entre las manos y me preguntó incrédula, con los ojos humedecidos “¿¡esto también es para mí!?”. “Es que en España encontré poca gente buena, viste. En Palma sí, llegué a tener la ilusión de que podría vivir bien, que mi hija estaba segura... pero no, ya no quiero saber nada de este país”, me cuenta. Ese día cumplía 16 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Madrid. “Yo ya pagué por lo que hice, ¡que me dejen en paz!”. 2017 cumplió algunos años de prisión por traer drogas consigo en un viaje desde Argentina. “Me porté bien, estudié en la cárcel, me dieron la condicional, mantuve a mi hija tantos años y estuve trabajando de bibliotecaria, también dando clases de matemáticas y de inglés... y eso que no estoy titulada, eh”. Le quedaban tres meses de condena en régimen condicional. Vivía en su casa, con su hija de 14 años y llevaba una vida todo lo normal posible. Como su permiso de residencia no estaba en regla (un loop en todo caso, porque al no tener un contrato de trabajo estable, no podía regularizar su situación y la pescadilla se mordía la cola de manera reiterada), cuando fue a firmar sus últimos meses antes de la libertad, en lugar de permitirle regresar a casa, la detuvieron. De Palma de Mallorca a Madrid y del aeropuerto al CIE. Intercambiamos nuestros correos. “... arroba hotmail punto es”, deletrea. “¡Pero en cuanto llegue a Buenos Aires me lo cambio! No quiero ser punto es nunca más. ¡Quiero ser punto com punto ar!” y nos reímos las dos. Ese día su deportación era inminente. No tenía fecha, pero ella quería irse cuanto antes. “Estoy aburridísima aquí. En la cárcel por lo menos podés hacer cosas, pero aquí me paso el día viendo telenovelas que no soporto y oyendo bachata en el patio, ¿¡te podés creer!? Leo mucho, sí, pero lo que quiero es irme con mi familia de una vez. Si no me dejan quedarme en este país, que me dejen ir ya”. Al despedirme de 2017, salgo y me encuentro a un señor con la cabeza gacha. No le han dejado pasar a ver a su hijo porque no se acordaba del código del interno. “¡Esa persona estará en su país o es su casa, porque aquí no está!”, le espeta el señor del bigote cuando pasamos a su lado y aún le dice “mejor que se vaya, porque me está tomando usted por tonto ya, caballero” antes de desaparecer dentro del edificio. 2017 escribió la semana pasada desde Buenos Aires. Que llegó bien, que está con su familia y que el jetlag aún la estaba afectando, pero que estaba feliz. 2017 sólo es un rostro entre miles. En 2011, España expulsó a 18.422 personas extranjeras, de las cuales sólo un tercio (6.825) fueron expulsadas desde los CIE y el resto directamente desde las comisarías en 72 horas, según el informe del año pasado de Pueblos Unidos Atrapados tras las rejas. Quienes pasan por los CIE, permanecen hasta 60 días encerrados sólo por provenir de otros países y no tener permiso de residencia en regla. Sólo al CIE de Madrid ingresaron 3.060 personas en 2012. Según el mismo informe, aunque el Ministerio del Interior no publica cifras sobre los CIE, aproximadamente 1.000 personas extranjeras ingresan en los estos centros cada mes.

Valla en la Av. de los Poblados, a escasos metros de la fachada del CIE de Aluche, Madrid.

Por fin viene un hombre de bigote con un bloc de notas. Somos tres esperando. Nos pregunta los números y se va. Al rato regresa a buscarnos. Lo seguimos a través del patio hasta un segundo edificio más allá. Voy con una mujer hondureña y un hombre rumano. Al pasar, un policía le dice con mucha sorna al señor del bigote “¡qué bien acompañado vas!”. Mejor me callo, pienso.

En realidad, durante los 45 minutos que estuve con ella, no paró de contarme cosas. Como si por primera vez en bastante tiempo se sintiese cómoda hablando con una persona de confianza, a pesar de que yo era una entera desconocida y la sala de visitas no era nada agradable. Hablamos con un cristal cerrado de por medio, a través de un telefonillo. A pesar de la barrera, o tal vez precisamente por eso, 2017 me hablaba mirándome fija y profundamente a los ojos. Me contaba y me contaba cosas de su vida gesticulando con el paquete de tabaco agarrado. Después de un buen rato se dio cuenta de que lo tenía entre las manos y me preguntó incrédula, con los ojos humedecidos “¿¡esto también es para mí!?”.

Es que en España encontré poca gente buena, viste. En Palma sí, llegué a tener la ilusión de que podría vivir bien, que mi hija estaba segura… pero no, ya no quiero saber nada de este país”, me cuenta. Ese día cumplía 16 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Madrid. “Yo ya pagué por lo que hice, ¡que me dejen en paz!”. 2017 cumplió algunos años de prisión por traer drogas consigo en un viaje desde Argentina. “Me porté bien, estudié en la cárcel, me dieron la condicional, mantuve a mi hija tantos años y estuve trabajando de bibliotecaria, también dando clases de matemáticas y de inglés… y eso que no estoy titulada, eh”.

Yo cumplí la libertad total el 11 de junio del 2012, no estaba en condicional siquiera desde hacía más de un año”, me cuenta. Antes de eso, cuando aún estaba en régimen condicional, pidió permiso a la jueza de vigilancia para viajar a Buenos Aires con su hija a pasar las navidades. Fue autorizada y advertida de que no se le ocurriese quebrantar la condicional. Estuvo un mes en Argentina y regresó con su hija a terminar la condena. “El día que fui a firmar al libertad total, me estaban esperando en la puerta del CIS (la cárcel de régimen abierto) y me pusieron la orden de expulsión. ¿¡Cómo nadie me dijo que me iban a poner una orden de expulsión nomás acabar la condena!?”. Fueron unas pocas horas de papeleo hace meses y la dejaron ir, pero el precedente de la orden de expulsión hace que ahora su deportación sea inminente.

Intercambiamos nuestros correos. “… arroba hotmail punto es”, deletrea. “¡Pero en cuanto llegue a Buenos Aires me lo cambio! No quiero ser punto es nunca más. ¡Quiero ser punto com punto ar!” y nos reímos las dos.

No tenía fecha, pero ella quería irse cuanto antes. “Estoy aburridísima aquí. En la cárcel por lo menos podés hacer cosas, pero aquí me paso el día viendo telenovelas que no soporto y oyendo bachata en el patio, ¿¡te podés creer!? Leo mucho, sí, pero lo que quiero es irme con mi familia de una vez. Si no me dejan quedarme en este país, que me dejen ir ya”.

Al despedirme de 2017, salgo y me encuentro a un señor con la cabeza gacha. No le han dejado pasar a ver a su hijo porque no se acordaba del código del interno. “¡Esa persona estará en su país o es su casa, porque aquí no está!”, le espeta el señor del bigote cuando pasamos a su lado y aún le dice “mejor que se vaya, porque me está tomando usted por tonto ya, caballero” antes de desaparecer dentro del edificio.

2017 escribió la semana pasada desde Buenos Aires. Que llegó bien, que está con su familia y que el jetlag aún la estaba afectando, pero que estaba feliz. 2017 es sólo una historia entre miles, pero no sólo. En 2011, España expulsó a 18.422 personas extranjeras, de las cuales sólo un tercio (6.825) fueron expulsadas desde los CIE y el resto directamente desde las comisarías en 72 horas, según el informe del año pasado de Pueblos Unidos Atrapados tras las rejas.

Quienes pasan por los CIE, permanecen hasta 60 días encerrados sólo por provenir de otros países y no tener permiso de residencia en regla. Sólo al CIE de Madrid ingresaron 3.060 personas en 2012. Según el mismo informe, aunque el Ministerio del Interior no publica cifras sobre los CIE, aproximadamente 1.000 personas extranjeras ingresan en los estos centros cada mes.

 

Gracias a Verónica por acompañarme ese día. No te salves, linda. Buen viaje.

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Acerca de Carmen Lozano Bright

Carmen Lozano Bright. Periodista e investigadora. Trabajo en goteo.org
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