‘La conquista de las ruinas’, reportaje publicado en La Marea #19

Este reportaje está publicado en papel en el número 19 (septiembre de 2014) de la revista La Marea, de la cooperativa MásPúblico.
Carmen Lozano Bright

 

Panificadora de Vigo, en el barrio da Falperra. Foto Arquitecturas Colectivas 2013

Panificadora de Vigo, en el barrio da Falperra. Foto Arquitecturas Colectivas 2013

El desarrollo descontrolado de las ciudades a menudo produce monstruos. Edificios que una vez sirvieron como fábricas, cárceles y mataderos son hoy gigantes de piedra abandonados a su suerte. Convivimos con espacios urbanos vacíos que, una vez agotado el propósito con el que fueron construidos, ven pasar los días sin utilidad y sin que nadie se preocupe siquiera por su conservación, cerrados, en completa soledad, a lo sumo en compañía de guardias de seguridad. En otros casos, lo único que ha quedado de ellos como huella es un solar. Son el fruto de la especulación inmobiliaria, la dejadez de administraciones públicas y la transformación de las industrias de producción. Son las grietas en las manzanas que habitamos.
Pero lo que es un síntoma de decadencia por un pasado de excesos también está permitiendo transformar y resignificar la ciudad. Corregir la forma que tenemos de habitarla, ponerla de nuevo a disposición de sus habitantes. Vivimos entre una explosión de iniciativas de recuperación de espacios en desuso que se mueve en los márgenes estrictos de lo público ―Administraciones municipales, autonómicas o estatales― y de lo privado ―empresas, capital privado―. Se trata de reivindicaciones vecinales ligadas a la identidad de cada ciudad, a la memoria colectiva local, que con la recuperación de este tipo de espacios buscan satisfacer sus necesidades de infraestructuras, como bibliotecas, espacios culturales, centros sociales, huertos. Son, por tanto, diferentes realidades y diferentes estrategias con un objetivo común: crear comunidad.
Can Batlló, en el barrio de La Bordeta de Barcelona, es un caso paradigmático por varias razones. Las naves distribuidas en nueve hectáreas cesaron su actividad fabril en 2006, tras décadas de declive de sus industrias. El tejido de pequeñas y medianas empresas, que empleaba entre 2.000 y 3.000 trabajadores, se deprimió. Y con él lo hizo todo el barrio. Los vecinos de la zona llevaban treinta años reclamando dotaciones e infraestructuras, parques de vivienda, biblioteca, auditorio, guardería, zonas verdes que nunca se construyeron, aunque existen sobre papel en el Plan General de Ordenamiento Municipal. En 2010, vecinos asociados con el objetivo de mejorar el barrio, hartos de negociar con la Administración, fijaron una fecha límite. «Si el 11 de junio de 2011 no han entrado las máquinas, entraremos nosotros». Así lo cuenta el colectivo de arquitectos LaCol, cooperativa próxima al barrio y a las reivindicaciones vecinales. «Nos involucramos en el proceso de recuperación de Can Batlló por predisposición, por ideología y por la crisis, porque había un tejido asociativo detrás muy fuerte y porque éramos los primeros técnicos que se relacionaban desde el lado del vecino con el vecino».

Cesión, gestión pública, alegalidad
Cuando llegó ese 11 de junio, día de la toma de posesión de la nueva corporación municipal, ni el Gobierno saliente (PSC) ni el entrante (CiU) se había hecho cargo de la situación. La propiedad seguía siendo íntegramente privada, pero ante la presión vecinal se produjo una mediación que terminó con la cesión indefinida del bloque 11. Posteriormente se ha conseguido la apertura de más bloques. «Ya hay carpintería, biblioteca, auditorio, rocódromo, espacios para entidades y de encuentro, un bar con el que se intenta autofinanciar la actividad…», resumen desde LaCol. Además, Can Batlló prevé proyectos de sostenibilidad: vivero de cooperativas y cesión de suelo público a 75 años para vivienda cooperativa. «Y otro de los logros», añade el colectivo, «es que ya no es cerrado. Antes se entraba por una puerta que ponía “recinto privado”. Se tiró el muro y se hizo un parque de acceso peatonal con huertos».
No hay un modelo que funcione ni una fórmula exacta a replicar en cada uno de estos procesos de recuperación. Son intervenciones que van desde iniciativas institucionales hasta okupaciones, pasando por acuerdos de cesión complejos e intervenciones temporales que a menudo se enfrentan a la alegalidad y a largos procesos de mediación. Entre tanto, siempre dialogan con el capital simbólico y la memoria común.
La antigua cárcel provincial de A Coruña está cerrada desde 2009. Es propiedad del Concello, pero la gestionaba en permuta la Sociedad de Infraestructuras y Equipamientos Penitenciarios, organismo del Ministerio de Interior encargado de las prisiones. Al cesar su actividad, ninguno de los dos ha movido ficha sobre el edificio. Se trata de 5.000 metros cuadrados sobre una parcela de 13.000. Desde 2010, la Plataforma Cidadá Proxecto Cárcere reclama la conservación de la construcción y una cesión para uso comunitario. Sólo han conseguido entrar una vez, en 2011. Durante una semana llevaron a cabo jornadas culturales que hicieron visible el conflicto y evaluaron el estado del edificio. Posteriormente, sólo se ha abierto para acoger algún rodaje, explica Alberto Fortes, miembro del colectivo. La cárcel está situada junto a la Torre de Hércules, donde hubo fusilamientos durante el franquismo, y conserva historias de represión inseparables de la historia de la ciudad, por lo que la reivindicación está profundamente ligada a la memoria histórica coruñesa.
«A pesar de que no tenemos el espacio, sí que hay una estrategia», cuenta Fortes. No solo han trazado un plan de viabilidad que incluye la posibilidad de albergue, museo, zonas de creación artística y proyectos cooperativos autogestionados, sino que realizan convocatorias como recogidas de firmas o concursos para mantener viva la inquietud por el futuro de su cárcel.

De todos y de nadie
Complejo también es el caso de la Panificadora de Vigo, «un elemento insigne del patrimonio industrial gallego, pionera de la industria harino-panadera en España, causa y efecto del auge industrial y demográfico de la comarca viguesa», explica Daniel Uxío Reinoso, historiador y miembro del colectivo Entremos na Panificadora. Construida en 1924, dejó de alimentar a Galicia en 1980. Desde 2008 «diferentes colectivos (Entremos na Panificadora, Salvemos la Panificadora, Outra Panificadora é Posible y Tankollectif), de forma separada o coordinada, comenzamos a realizar campañas para sensibilizar y hacer reflexionar a la ciudadanía sobre que futuro queríamos para la parcela», comenta Reinoso. No se han logrado acuerdos ni con la Administración, para que se implique en su conservación, ni con la propiedad (privada), pero la reivindicación del edificio mantiene a este gigante del barrio da Falperra presente en la memoria viguesa.
Lo que nace de estas propuestas es algo nuevo. Es lo que el colectivo de conservación patrimonial Niquelarte define como BIComún, «una categoría mancomunada de protección patrimonial liberada en la red, en dominio público, con una finalidad expansiva, libre y simbólica», explica Adela Vázquez. Una mezcla entre la categoría de protección Bien de Interés Cultural y el carácter «común» de estos lugares «que son de todos y a la vez de nadie». Niquelarte ha identificado estas características en más de una decena de espacios en los que han trabajado, de Galicia a México pasando por Madrid. Para hacerse una idea de la dimensión internacional del fenómeno: precisamente en Vigo se celebrará este mes el encuentro Cooperland, iniciativa para promover una red de prácticas cooperativas europeas que amplíe el intercambio, coproducción y ayuda mutua entre colectivos de intervención en el espacio público.
Quienes habitan solares vacíos para regar huertos urbanos también tratan de cuidar sus comunidades. En Benimaclet (Valencia), los vecinos han recuperado unos terrenos destinados a parques públicos abandonados hace más de quince años, restableciendo las acequias que tradicionalmente servían para regar las huertas. También es el caso de Málaga, donde un solar en las inmediaciones del cementerio de San Miguel ha dado lugar a El Caminito, un huerto cuidado por vecinos del centro desde hace tres años. O del Huerto del Rey Moro, un espacio verde autogestionado desde 2004 en el casco histórico de Sevilla.
Tanto en unos casos como en otros, «es necesario valorar y escuchar cuáles son los criterios, que no los marca la Administración ni los conservadores o gestores, sino la ciudadanía que vive y se preocupa por aquello que está en su territorio», remata Vázquez.

 

Carne reciclada en cultura

Los mataderos, lugares donde se sacrificaban cientos de piezas de ganado a diario, se almacenaba la carne y se distribuía para consumo, hace tiempo que dejaron de jugar un papel en la industria cárnica. Su actividad se ha trasladado a naves y polígonos periféricos de las ciudades. Pero, ¿qué hacer con los edificios? No es extraño que cada ciudad tenga su propio matadero cerrado, en ruinas o abandonado. Suelen ser espacios diáfanos y estar compuestos por grandes naves: ideales para reciclarlos, darles uso para la ciudadanía y para la cultura contemporánea. Madrid, Toulouse, Salta (Argentina), Viena, Roma, Oksnehallen (Dinamarca), Cochabamba (Bolivia), Huesca y Zaragoza son algunas ciudades que han apostado por recuperar los suyos.
Luis Lles, técnico de Cultura del Ayuntamiento de Huesca y programador del Matadero de Huesca explica el valor que la recuperación del recinto ha supuesto para la ciudad: «Al hilo del Matadero han surgido otros espacios alternativos, por lo que no se trata solo de un espacio de difusión cultural, sino de creación». En 1997 se comenzó a rehabilitar aunque abrió sus puertas en el 2000. Está íntegramente destinado a cultura y aunque predomina la programación musical, cuenta con salas para exposiciones, conferencias, ensayo y un teatro de 260 localidades. La gestión es íntegramente pública y depende del gobierno municipal.
Mayor es la escala del Matadero de Madrid, dependiente del Ayuntamiento. Un recinto que abarca 165.415 metros cuadrados en el Distrito de Arganzuela. En 1970 las instalaciones quedaron obsoletas y a mediados de la década pasada comenzó un proceso de recuperación y adecuación arquitectónica, hasta situar su uso cultural en el 75% del espacio. Aunque su gestión depende del Gobierno municipal, en la práctica empresas y fundaciones sostienen su actividad día a día, y el alquiler de las diversas instalaciones es la prioridad de los gestores municipales.
Fuera del territorio español, hacia el sur, Les Abattoires de Casablanca es parada obligatoria como otro referente. Surtió de carne a la ciudad desde 1922 hasta el año 2000 y posteriormente ha sido transformado en La Fabrique Culturelle des Anciens Abattoires, un espacio público con vocación hacia las artes urbanas, la creación, difusión y formación de disciplinas artísticas.
Y de ahí al mARTadero de Cochabamba, en Bolivia. El recinto, prácticamente en ruinas, se puso en marcha en 2005 cuando en Concejo Municipal lo cedió a la asociación artística N.A.D.A. «El equipo se organiza de forma horizontal, colaborativa, estructurada, abierta, para una construcción colectiva y progresiva de el proyecto», explica Daniel Cotillas, responsable de comunicación. Tras años de reconstrucción, actualmente se encuentran sumergidos «en la fase mARTadero 2.0», unas líneas de acción relacionadas con «la inter-media-acción, la autogestión, con las redes, con el barrio y con la cultura (promoviendo que la creación y la generación de conocimiento sea construida y compartida bajo los principios éticos de la cultura libre)».

Anuncios

Acerca de Carmen Lozano Bright

Carmen Lozano Bright. Periodista e investigadora. Trabajo en goteo.org
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a ‘La conquista de las ruinas’, reportaje publicado en La Marea #19

  1. adedoblev dijo:

    Muchísimas gracias bonita, estoy emocionada, no sólo de leer lo bien que escribes, tus crónicas, la realidad de un buen periodismo como el que haces; sino de leer a amigos y compañeros, recordar el encuentro en AACC_GZ y sentir que un año después, las cosas han avanzando mucho…el remate del artículo con Cochabamba es una conexión maravillosa, tenía que salir la publicación en este momento en el que de allá llegas…y justo ayer en la placita del barrio donde vivo en Yucatán, mapeábamos espacios en desuso…gracias de nuevo y mil besos Carmiña linda.

  2. CARMEN HELENA CARVAJAL dijo:

    ! Que buen artículo que buen proyecto!

    Enviado desde mi iPhone

  3. Pingback: Hay un sábado de común denominadores | SurSiendo Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s