Amigos abrigos

friends_dancingLlega el tiempo de desvestirse, de quitarse los abrigos y guardarlos para el invierno siguiente. Cada uno en su armario, en su bolsa de plástico de esas de cuadritos y asa y cremallera, en su gancho correspondiente. No suelo dedicar tiempo al ritual de cambiar la ropa de temporada. Creo que no es un ritual para mí porque no crecí haciéndolo. Allá donde crecí no hay estaciones. Te ponías la misma ropa todo el año.

En Madrid, donde vivo en una casa de dimensiones que obligan a cuidar dónde guardas qué, cómo y para cuándo, hago ciertos malabares para encajar en su sitio el tetris de las cosas.

En los últimos años apenas compro piezas de ropa. Las que encuentro siempre son de segunda mano y no suelo consumir en grandes tiendas.

Pero con los abrigos es diferente. Esta semana he reparado en que tengo que guardar prendas, cambiar otras de sitio, embalar lo que no se utiliza –cosa que no he hecho aún– y al imaginar el tetris necesario me he dado cuenta de la procedencia de lo que me abriga.

Por diferentes razones, las chaquetas y abrigos que me acompañan provienen de regalos y herencias amigas. Todos tienen una historia y varias manos que han pasado por ellos.

Hace casi dos años que C. y E. se fueron a vivir al extranjero. Entonces en su recogida de trastos y mudanza, llegaron a mí dos cosas. De él, una chaqueta vaquera azul. Grande para mí, de corte masculino y sin un par de botones. Me acompañó muchos días hasta hace tres semanas que me la robaron en una fiesta en Sevilla. En esa misma mudanza apareció un abrigo tres cuartos verde botella –más oscuro, en realidad más cerca a #012B1D– que C. había comprado hacía años ya usado, creo que en Los Ángeles, a precio de saldo. Precioso, aunque había que cambiarle el forro interior. Un simple remiendo no era suficiente para impedir que el abrigo se deshiciera. Me lo quedé y al cabo de unos meses, hablando con otra amiga costurera, A., me ofreció probar con el cambio de forro. Era la primera vez que cosía el forro completo de una chaqueta. Buscamos la tela adecuada. Yo la llamo paño “de cuadritos”, pero cualquier empleado de los almacenes de telas (siempre son hombres elegantísimos de cierta edad) me corregiría diciendo que es viyela. Quedó perfecto. Y me ha acompañado dos inviernos. Cómo reconforta que ambos amigos ya estén de vuelta, cerca.

Hace unos diez días, tras perder la chaqueta vaquera de E., me encontré fugazmente con L. en Amsterdam. Una coincidencia muy veloz. Nos dio tempo a dos cervezas y a pasear y abrazarnos y contarnos solo lo más importante. L. vive fuera también desde hace tiempo y lo habitual es echarla de menos. Me preguntó con gran preocupación si tenía hueco en la maleta, que me tenía que llevar una cosa y era voluminosa. Su abrigo de piel. Que se está deshaciendo poco a poco de las prendas que contengan materiales provenientes de animales. Y como siempre me ha gustado su chaquetón de piel (¡y esos botones enormes preciosos de otra época!) quería que me lo quedara yo. Y uf, otra capa más de abrigo. Lo traje a casa. Ya no hace tanto frío y no lo he utilizado. Pero ay, da calorcito.

No es lo único. También está “la chaqueta de joven” de mi papá y esa otra grande que mi hermana me dejó porque no le cabía en la maleta.  C. (otra C.) me regaló ese suéter de lana bordado con flores de colores hace unos meses en Barcelona. Y podría hablar de varios objetos y prendas más. Todos los han cargado al menos un par de hombros antes que los míos.

Ayer B. me escribió. Se despide diciendo “no me gusta la idea de creer que dejas de ver a las personas que les tienes un estima fuerte”. No nos vemos hace 4 años. Entonces también me traje de ella una camiseta que me ha acompañado tanto.

No calma la saudade, pero los objetos de otros que pasan a mis manos para cuidarlos, cuidarme y abrigarme, también abrigan esas relaciones pausadas por la distancia.

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Acerca de Carmen Lozano Bright

Carmen Lozano Bright. Periodista e investigadora. Trabajo en goteo.org
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